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Mateo 27:26 Así fue que Pilato dejó a Barrabás en libertad. Mandó azotar a Jesús con un látigo que tenía puntas de plomo, y después lo entregó a los soldados romanos para que lo crucificaran.

Realmente nada nos dice este versículo sobre como Jesús fue azotado o las personas que lo azotaron, las pocas nociones que tenemos es gracias a Isaías 53:5 NTV y gracias a las películas que se han creado sobre el calvario y muerte de Jesús. Entendemos que Jesús fue azotado para que pudiéramos ser sanos y muchas veces vemos todo desde la perspectiva de Jesús sufriendo por causa nuestra, un dolor agobiante por recibir los azotes en su espalda.

Pero hoy he podido ver esta escena desde otra perspectiva, desde la vista de aquel que tenía el látigo en sus manos, aquel que tuvo la desgracia de azotar a Jesús, (aunque en lo profundo creo que tuvo la desgracia, pero fue recibido por Jesús con su gracia).

Me imagino a aquel hombre que tuvo un mal día, su relación no se dio como él creía, sufrió una enfermedad que le causaba mucho dolor, su esposa lo dejo, sus hijos tenían vicios que los tenían esclavizados, tal vez, aquel hombre por muchas razones tenía mucho dolor en su corazón. De pronto aquel día tenía mucha rabia, frustración o temor. Quería desahogarse con alguien, necesita a alguien en quien descargar su corazón.

Tal vez cuando se cruzó Jesús en su camino, él no conocía de Dios, de pronto, ese mismo día fue cuando aquel hombre por primera vez escucho de Jesús o tal vez en secreto lo había visto pero por temor nunca le hablo o por qué no, siempre lo había conocido, admiraba a ese Jesús, pero nunca pensó que los dos algún día iban a tener una relación.

Para aquel hombre podía ser una mañana normal de trabajo, un día como otros, en los que simplemente tenía que ocultar su dolor, mostrarse como aquel hombre que tenía todo bajo control. No pensaba que esa mañana iba a cambiar tanto su destino, cuando a sus oídos esa orden llego, la orden que simplemente tendría que azotar a un tal llamado Jesús. Se habrá puesto ropas especiales o poco le importo, habrá pensado en porqué lo hago o porqué tengo tanto dolor, estaría sonriendo o tendría los ojos cansados por estar llorando la noche anterior, todo lo que hubiera pasado hasta ese momento ya no tendría significado, a partir de ese momento para él todo volvería a comenzar, él lo hubiera deseado o no.

Cuando aquel hombre llego esa mañana a hacer lo que su trabajo lo obliga ve a ese tal llamado Jesús, caído y encadenado, tal vez pensó uno más que iba a azotar, pero algo en aquel hombre comenzó a cambiar mientras mas se acercaba a ese tal Jesús mas su dolor empezaba a recordar, con cada paso que daba su frustración aumentaba, con cada centímetro que recorría su tristeza y miedo crecía, cuando por fin estuvo delante de ese tal Jesús, su dolor, su rabia y su frustración ya no pudo ocultar, tomo su látigo y con todas su fuerzas a ese Jesús lo comenzó a azotar, con cada golpe un poco de su tristeza y su rabia entregaba, con cada latigazo su corazón descargaba, con cada gota de sangre de ese tal Jesús sentía que su felicidad llegaba, aquel hombre no entendía que pasaba pero con cada golpe que daba sentía que su vida sanaba; trato de detenerse pero por un momento pudo ver que ese tal Jesús a sus ojos lo miraba y con una sonrisa le pedía que continuara, ese hombre no pudo entender que pasaba porque ese tal Jesús le pedía que lo azotara.

Fueron necesarios 39 azotes, pero con ellos aquel hombre sintió su alma renovada, su tristeza se había ido, su frustración ya no estaba, aquel Jesús, adolorido y en suelo una extraña satisfacción mostraba aquel hombre no entendía por qué ese tal Jesús ahora una extraña de calma lo llenaba, paz en su corazón, que desde hacía mucho tiempo no experimentaba, solo sentía que para él una nueva oportunidad comenzaba.

Hoy creo que ese hombre que azoto a Jesús fui yo y que él lo permitió porque me amaba, nunca cometió pecado, pero permitió que mi infortunio en él lo descargara, permitió que mi frustración lo azotara, simplemente me permitió que por mis desgracias a él lo culpara. Él nunca me hizo daño, pero su amor por mí es tan grande, que cuando lo azotaba me miro con amor y me pidió que continuara, dejo que el dolor de mi alma en el descargara y con esos 39 azotes además de mi cuerpo también sano a mi alma, es ese buen Dios que sin cometer pecado permitió que yo lo culpara.

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